Andén 8

Said Javier Estrella

El retrofuturismo de la Corte

El próximo mes de agosto, Amalia, hija del velador de un edificio de oficinas de gobierno y de un ama de casa con otros 4 hijos en la ciudad de Mexicali, será violada por uno de los prefectos de la escuela durante su regreso a casa de la secundaria vespertina en donde cursa el segundo año. El prefecto nunca fue identificado ni por Amalia ni por algún otro testigo. Todo fue muy rápido y traumático. Amalia no quería realizar denuncias, ni pasar tiempo con médicos o ministerios públicos. Sus padres pensaron que era lo correcto. Con todo y todo.

Los exámenes médicos determinan poca o nula violencia sexual en los genitales de Amalia, pero encuentran hematomas y marcas de fuerza física en su pecho, brazos y mejilla y mentón izquierdos. También encuentran que Amalia quedó preñada de su atacante.

El proceso toma demasiado tiempo. La madre de Amalia la lleva con una partera anciana y, después de un tratamiento a base de infusiones herbales logra abortar el producto sin mayores complicaciones físicas para Amalia.

Durante el proceso legal, un Juez ordena a Amalia que se realicen estudios para comprobar la salud del producto que, desde hace pocos meses, posee los derechos de un individuo nato desde la concepción misma, sin importar las circunstancias en las cuales haya sido concebido. “Está en la Constitución”, le dice una secretaria a los padres.

Al mismo tiempo que se desahoga la denuncia por violación y lesiones a quien resulte responsable del ataque a Amalia, comienza una averiguación previa por homicidio en contra de Amalia, su madre y la partera. “Está en la constitución desde hace pocos meses, y en el código penal desde hace menos”, le informan a la familia.

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El próximo Septiembre, en Tijuana, Victor y Mónica, una pareja de profesionistas que lleva 4 años casados, decide acudir a una clínica de fertilidad tras innumerables intentos por procrear un hijo. Después de muchos estudios en ambos, los médicos determinan que Mónica padece endometriosis; una enfermedad que consiste en el crecimiento de tejido del endometrio en otras zonas de los órganos reproductores e incluso fuera de ellos; la mayoría de las veces dificultando de manera importante la conclusión de la fertilización y el proceso de embarazo.

Los médicos sugieren la fertilización in vitro y dan muchas probabilidades de éxito. Sin embargo, no hay ninguna clínica en el estado que cuente con ese método. La fertilización in vitro consiste en fecundar la mayor cantidad de óvulos sanos, fuera de la matriz de la madre y seleccionar solo el más fuerte. El resto se desechan.

Desde hace pocos meses la constitución otorgó los derechos de un individuo a todo producto desde la concepción misma y el método de fertilización in vitro terminó por considerarse ilegal. Los médicos sugieren una serie de clínicas en otros estados del país y en San Diego. El método requiere la presencia constante del padre y sobre todo la madre durante la fertilización y la incubación en el útero. Victor y Mónica, al no poder costear muchos días de ausencia en sus trabajos, deciden suspender por tiempo indefinido sus planes de ser padres.

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En los próximos días, la nieta adolescente de algún Magistrado, anunciará a sus padres que, después de sostener relaciones sexuales sin protección con su novio, quedó embarazada. Los padres gritan, amenazan con castigarla, con sacarla de la escuela, con prohibirle ver a su novio. Un regaño ejemplar. La madre y la hija lloran.

Después de unos días, los padres anuncian un viaje a Los Ángeles con su hija adolescente. Es un fin de semana de paseo. Nada excepcional. Allá le es practicado un legrado en una de las clínicas de mayor prestigio en todo el estado de California. Al siguiente día la hija adolescente guarda reposo, pero al siguiente, la llevan a Disneylandia.

Vuelven a México.

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La resolución de la SCJN en días pasados, dando carpetazo a la acción de inconstitucionalidad por declarar la protección a la vida desde el momento de la concepción en el estado de Baja California se trata, probablemente, de una determinación legal. Sí. Pero lo cierto es que es profundamente injusta. Una decisión retrofuturista. Ni más ni menos.

Un homicidio. Un bostezo.

La imagen arrojada sin advertencia. La mecha de un escándalo a punto de hacer explosión. La miras un segundo, dos, tres… Y nada. Un cohete cebado. Ladeas la cabeza como perro, tratando de comprender lo que está sucediendo. Debería de funcionar. Hacer ¡boom! esparcirse como un virus sin control en las pantallas y en los papeles. Pero no; no tanto; no como uno pensaría que debiera ocurrir. ¿Por qué? Un escándalo sofocado por otro: la presunción de homicidio contra un hombre al cual le presumieron toda clase de títulos. Lo mejores y los peores. Así que decides auscultar la fotografía. Deletreas con cuidado: H-o-m-i-c-i-d-e. Pronuncias las palabras como si el aire que sale de tu boca cobrara peso y pudieras colocarlas, una a una, en la mesa o en tus rodillas. No. No funciona. Miras más abajo. Su cuerpo tendido, su cara de muerto. Su cara de muerto que usó muchos años antes de morir. Sus brazos flacos, blanquísimos, falsos. Las sábanas. La sonda. La tela adhesiva. Sus labios rosados. Y ya.

Y es aburrido. Y algo en tu cabeza se niega a creerlo.

Pero claro, no hay entertainer más aburrido que un entertainer muerto. Envuelto en sábanas en una camilla ordinaria. Con todo y que era el ‘rey’. Con todo y que quizá lo mataron. O no. Da igual. Ya nada de esto funciona. Qué hueva.

La tarde en que miles de mexicanos sintieron el mismo miedo al mismo tiempo

 Al entrar, puedes leer desde cualquier punto: La casa del dolor ajeno. En letras blancas, gigantes. Bienvenido al estadio Corona, como cualquier otro día.

Buscas un asiento, miras las gradas, consigues una cerveza, enciendes un cigarro a hurtadillas. Todo en ese orden. Qué más da, el partido es importante, como cualquiera; pero la verdad es que no es tan importante. La temporada pasada tu equipo se quedó a media tabla y tu contrincante, bueno, es lo que puedes llamar un buen equipo mediocre.  Sorbes tu cerveza, chiflas, tratas de recordar el nombre del número ocho del otro equipo. Da igual, tú le gritas: ¡puto! ¡Negro puto! Nunca voltea pero ¿qué chingados? De eso se trata todo esto. Ésta es la casa del dolor ajeno. Sigues sorbiendo. Pides otra. Todos los de amarillo son putos. La gente lo constata. Lo grita. Bienvenidos a la casa del dolor ajeno, putos de amarillo.

Cuarenta minutos después la frase cobra otro sentido.

Los de amarillo van acercándose a tu portería. Chiflas. La gente les grita. Suena un silbatazo y ¡paf!, al fin se escucha. Puede ser un cohetón, pero tú, al igual que casi todos tus paisanos han aprendido, a fuerza de repeticiones, la diferencia entre un cohetón y un pinche balazo. ¡paf! Vuelve a sonar. Los ¡bang! Son irreales, glamorosos. De televisión de paga. Aquí suenan más seco. Las balas reales, las que suenan ahora no son de película. Son de diario.

“¿Qué hacer en estos casos?” quisieras pensar, en fracciones de segundo. Pero no. Actúas. La supervivencia y los pendejos intentos de intelectualizarla. Reaccionas: ¡Todos al suelo! No lo dices, pero mientras te arrojas, la frase se va repitiendo en tu cabeza. Abajo, en la cancha, la consigna es distinta: ¡sálvese quien pueda! Los jugadores corren. Sí, los putos de amarillo y los putos de verde corren como putos mientras una, dos, tres; quién sabe cuántas detonaciones suenan en algún lugar del estadio. Pinches putos, pero ¿los culparías? Están en la casa del dolor ajeno. El recinto del miedo. Pasan cinco, seis, siete segundos. La gente corre, grita, se guarece, sigue gritando. En ese orden.

En los palcos, ya guarecidos, los periodistas intentan conseguir aliento para explicar — ¿cómo explicar? — lo que está pasando. Se atropellan la palabra, respiran rápido. Los de la tele deciden bajar el switch. Miles de personas comienzan a ver un programa de chistes. “Pinches putos”, pensarías, pero no los culpas, tampoco. Los de la radio, como pueden, y no pueden, tratan de narrar lo que está pasando en el estadio. Eso ya no es deporte. O, sí: ese es el deporte nacional. El nuevo espectáculo del que todos hablan, el que muchos viven, pero nadie había visto así. Tan en vivo. Tan en televisión abierta y tú, ahí, en el suelo, con una visión limitada y ensordecido por los chillidos y los gritos.

Entonces se inaugura la tarde en que miles de mexicanos sintieron el mismo miedo al mismo tiempo. Y eso es normal. Porque a fuerza de repeticiones lo hemos aprendido. Como una tabla de multiplicar que duele, que hace un ruido seco como un cohetón que no es cohetón. Como un partido lleno de putos miedosos visto por putos miedosos transmitido por putos miedosos para un público de putos miedosos. Lo normal. Lo mexicano. Y no te culpas, ni a ellos. La culpa es de otros más putos, putísimos. Los otros, los que van haciendo caca las excepciones, aquí, donde vives.

Te levantas como puedes y volteas a ver a los tuyos. Te tiemblan las piernas y las manos. Tiemblas y esperas y te vas. En ese orden.

Cuaderno de viaje. 1.

Día 3.

No vista gacho, vista gabacho. [Anuncio de una tienda de ropa en Miahuatlán]

Miahuatlán de Porfirio Díaz. Miahuatlán debe significar lugar con lodo, a decir de los 3 minutos que nos tomó cruzarla.

Nos dijeron que el espectáculo de la sierra sur de Oaxaca no tenía fin. Lo medimos: 7 horas, con niebla, con lluvia. Pero por lo poco que logramos mirar, es impresionante. Encontré los helechos más grandes del mundo, por ejemplo. En San José del Pacífico también están las papayas más grandes y celulíticas; que son vendidas en puestos a la orilla de la carretera junto con sandías y hongos. Allá, me platican, son famosos por los hongos, pero jamás habría creído que se venden como cualquier vegetal.

La gente es muy amable. C. me dice que estamos acostumbrados a la falta de educación y modales del DF. Quizá. Pero parece que es algo más, una clase de principio que no alcanzo a dimensionar. Como si habitar una de las zonas más marginadas del país reivindicara la civilidad como moneda de orden corriente.

Tengo la certeza de que, si hubiera una nueva revolución, ésa iniciaría aquí.

*

Hemos llegado a la costa. Ahora estoy en una pequeña mesa en la terraza de la cabaña. Alumbrado por un foco de 60 watts que se alimenta de energía solar y por una lámpara roja de keroseno que es estupenda.

Escucho un ejército de grillos, ranas, cangrejos y una clase de animal que pía, pero no tenemos idea de qué pueda ser. Al frente el mar y el fragor de olas de un tamaño que no había visto antes. Explotando. Avanzando.

A unos kilómetros al oeste, truenos y nubes.

*

Estamos esperando la tormenta.

Día 4

En el lugar donde anoche se situaba la tormenta ahora está la luz de un bote. Debe ser pesquero, pienso; pero la verdad es que no sabría distinguir las clases de botes a ninguna distancia.

A mi izquierda hay una pochota joven y más adelante un árbol muy frondoso que no reconozco. Esa clase de árbol rodea toda la visibilidad de la terraza en la cabaña. Además de la mesa, en la terraza hay una hamaca en donde C. se mece y una pequeña silla donde me siento a intentar leer. Y no leo, prácticamente nada. Me concentro en escuchar los ruidos de fuera y en ver la luz del bote. No leo nada. Apenas si escribo. Solo veo y escucho.

Por la tarde nos bañamos en el mar hasta que el sol se pone. C. tiene un mes con un pié esguinzado. Durante una ola el tobillo le volvió a tronar. Crack, me dice que así sonó mientras se levanta a tropiezos. No dijo más; siguió bañándose porque tenía años que no la revolcaban las olas. Porque tenía años que no visitaba el pacífico.

Todos olemos a citronela, el repelente orgánico contra los moscos. No sirve.

Extraño el autan.

*

Solo vi y escuché. Nada más.

 

Sebald y un gran inicio

Con frecuencia, a lo largo del día, me acometía el deseo de cerciorarme, echando un ligero vistazo por la ventana del hospital, extrañamente cubierta de una red negra, de que la realidad, como me temía, había desaparecido para siempre.

Los anillos de saturno.

Una cita: Ballard

Los residentes en la Costa del Sol, macerados en sol y cocteles, de día paseando por los campos de golf, y de noche dormitando delante de la televisión vía satélite, vivían en un mundo sin acontecimientos.

J.G. Ballard; Noches de Cocaína.

Conociendo a Roth

Yo sólo sabía que se trataba de un José José de la literatura. Después que sí, era tan bueno que su muerte —bien pedo, seguro — apuntalaba las anécdotas de manera adyacente a su calidad. No más.

Hace unos días me hice de su La filial del infierno en la tierra . Y aunque su fuerte es la novela creí conveniente conocerlo, para iniciar, a través de sus textos periodísticos, tan tirandolemierda al régimen nazi y la fortísima figura de observar arder los libros en las calles. Así quería conocerlo.

Corrijo: La verdad me hubiese encantado conocerlo en la peda. Ni hablar.